domingo 3 de febrero de 2008

Nostalgia de África

A lo largo y ancho de este mundo suceden cada día miles de cosas y no todas son malas. Caemos en el error de no ver lo bueno que nos rodea, aunque a veces resulta una labor díficil, los medios de comunicación, que se han colado en nuestra casa, en nuestras vidas y hasta en nuestra cama, cambiando para siempre los hábitos de pensamiento, de convivencia y la mirada hacia el mundo, se empeñan en mostrarnos la crudeza de la sociedad, pero hay cosas hermosas, bellas, maravillosas, que hemos de descubrir cada día, mientras aprendemos a apagar ese ruido enorme que hace el televisor o la radio y tiramos, aunque sea por unas horas, los periódicos a la basura. No se puede vivir aislado, pero tampoco se puede vivir en el ruido tremendo de la sociedad actual.
Han pasado trece años desde que abandoné África, mi último continente, al mes siguiente llegaba a Benicássim y tres meses después decidía cambiar de vida. Y no lo hacía porque estuviese cansada de lo que había hecho hasta ese momento, lo hacía porque la vida me pedía ser consecuente con otra nueva situación, pero África se quedó para siempre en mi alma. A pesar de haber conocido algunos países asiáticos, de conocer media Europa y algún que otro país lejano, África se me clavó en el alma. La luz allí es majestuosa, el ritmo de la música y danza tribal te embelesa y la suave mirada de los niños africanos nunca se olvida.
Muchas veces, aún ahora, creo estar allí, sobre todo cuando despierto por la mañana y los rayos del sol entran por la entreabierta persiana (me gusta dejarla así para que entre el sol al amanecer), casi creo oler el café en la cocina y los pasos de mis compañeros de trabajo (siempre era la última en levantarme, lo confieso, a eso de las 5,30). Luego, cuando ya me encontraba en la calle, conduciendo mi furgoneta Express en Lubhumbashi (Lubhum solíamos decir entre nosotros) y veía la agitación del mercado a primera hora, me llegaría eld enso olor de las cloacas al aire, ese denso olor africano, mezcla de olores que dan fialmente algo característico y único. Mi tiempo en África fue tiempo de dolor y felicidad, estuve en Ruanda, Burundi, Kenia, Tanzania, Angola, Zambia y los dos Congos. Dónde más tiempo estuve fue en Ruanda (diez meses) y en El Congo (cuatro años). Trabajaba para la ONU, en su servicio de cooperación y voluntariado. Yo era personal cualificado y pagado, entre cuyas funciones estaba la de recibir, ubicar, enseñar, coordinar, trabajar y evaluar, entre otros, el trabajo de los voluntarios, además de hacer trabajo de investigación,de campo. Más tarde me fichó el SECIPI, ógano administrativo creado en 1988 como una Subsecretaría adscrita al Ministerio de Asuntos Exteriores y dependiente de la Secretaría de Estado para la Cooperación y para Iberoamérica (SECIPI), cuya función específica es la de gestionar la política española de cooperación internacional para el desarrollo. A través de este organismo tuve también actividad durante un tiempo. Otro dí lo explico más extensamente. Ahora me emocionó mucho cuando pienso en África y se me hace un nudo en la garganta recordando lo feliz que fui allí y cuanto recibí, mucho más de lo que yo pude haber dado. Y todo ello en medio del dolor, las hambrunas, los desplazamientos, la inseguridad, la violencia y la guerra.